EL TAXISTA
Cuento, tomado del libro “El hombre del cementerio”
El pueblo era tranquilo, no había mayores problemas, excepto algunos caminos en mal estado, fuera de ello, el trabajo de aquel taxista consistía en viajar por ahí haciendo las carreras que le salían, intentando obtener un buen salario por su trabajo.
Para un mes de diciembre cercano a la época de navidad, cambió su placa de taxi y se fue a trabajar a la capital eligiendo la época que este tipo de trabajo dejaba mejores ganancias.
El 20 de diciembre amaneció lloviznando y las ráfagas de viento y los chaparrones se mantuvieron durante todo el día. El frio arreció y por la noche aquella lluvia se convirtió en ventisca que obligaba a las gentes a permanecer en sus casas y quienes caminaban por las calles, lo hacían totalmente abrigados.
Alrededor de las nueve de la noche el taxista recogió una pasajera por la Iglesia de la agonía, quien le solicitó la llevara al cementerio de los Desamparados.
La hermosa dama le pidió que se detuviera en la entrada principal del cementerio, allí entregándole una nota con la dirección de su casa, le indicó al hombre que le cobrara el importe por aquel servicio a su padre. La dirección que le dio quedaba a tan solo unas cuadras de allí.
La mujer penetró el portón del cementerio a pesar de encontrarse cerrado con candado, por lo que el taxista lleno de curiosidad siguió con la mirada a la dama, hasta que esta se detuvo sobre una loseta y allí se desvaneció, aunque presumiblemente lo que hizo fue hundirse, bajar hasta su sepultura atravesando aquella lápida de cemento forrada en azulejo.
Lleno de pánico y mojado por la lluvia, el taxista corrió a su vehículo y aún cuando su primera intención era escapar a toda velocidad de aquel lugar, vencido por la curiosidad, se traslado hasta una hermosa residencia, que su pasajera le había indicado en aquella nota.
A poco llamar la puerta fue abierta por un hombre de aproximadamente cincuenta años. El taxista le explicó al dueño de la casa el motivo de su visita, ansioso de recibir alguna explicación, en caso de que la hubiese.
Una señora de pelo canoso se asomó a la puerta junto a su marido y portando en sus manos un retrato preguntó: ¿Era esta la mujer?
Si señora… mire yo lamento molestar pero…
Con sollozos compungidos y sus ojos llenos de lágrimas, la señora interrumpió al taxista. –Perdone usted señor, le dijo – pero debe saber que nuestra hija se suicidó hoy hace cinco años. Ahora pareciera que nos está culpando a nosotros por su muerte.
Autor: Marino Ramírez Huertas
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